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domingo, 1 de septiembre de 2013

testimonio estremecedor que ofrece Roberto Navia desde El Deber de SC basado en declaraciones de los internos de Palmasola y de otros que conocen la horripilante realidad que allí se vive.

el cuerpo no se quemó. los dedos pagaron el pato. sus partes están chamuscados
ROBERTO NAVIA
rnavia@eldeber.com.bo
Hay un hombre que grita como si lo estuvieran matando. Grita porque la piel de su cuerpo está en carne viva y la curación le provoca un dolor que, después me dirá, jamás había sentido en su ‘puta’ vida. En esta sala de la cárcel de Palmasola hay colchones en el piso y encima de ellos están algunos de los que se salvaron de la matanza de Chonchocorito del viernes 23 de agosto, cuyas muertes ya suman 34. Los que sobrevivieron no solo son testimonio para saber qué pasó aquella mañana lluviosa, sino que son testigos vivientes de cómo opera y florece el discreto y millonario negocio del encierro.

Lo que se supo desde la misma jornada del viernes negro, es que los líderes del pabellón B, a la cabeza de Pedro Luis Banegas Galdo, alias ‘Cindy’, incendiaron el bloque A. Días después, los fiscales Milton Montellanos, Marcos Arce, Mauricio Romero, Álvaro La Torre, Freddy Durán y José Parra hicieron conocer que todo se produjo a las 5:30, cuando una turba enardecida de internos, comandada por al menos 10 personas, irrumpió de forma violenta armada de machetes, palos, fierros, cuchillos, tijeras, chicotes, garrafas y armas de fuego.
La pelea de liderazgos opera dentro de una lógica de acaparar poder y ganancias económicas. El preso que llega a tomar el poder de Chonchocorito, el sector de Palmasola que tiene el mentiroso nombre de ‘máxima seguridad’, pasa a ser el dueño de todo: de los presos y de sus habitaciones, del restaurante, de los seguros de vida que se cobran mediante extorsión, y del comercio de teléfonos celulares, de drogas, de armas, de alcohol, y hasta de las máquinas de expendio de gaseosas y de helados de chocolate.

La danza de dólares es suculenta. El director de régimen penitenciario, Ramiro Llanos, dio una cifra: “Son $us 30.000 los que se recaudan de manera ilegal por el pago de seguros de vida que cobran los líderes de los presos”, dijo, e invitó a sacar calculadora: cada día ingresa un promedio de 10 detenidos preventivos y a cada uno se le cobra entre $us 2.000 y 3.000 como boleto que les asegura la vida. “Hay malos civiles y policías. Lo que intentamos es corregir esto”, dijo con aplomo.
Palmasola cobija en pabellones hacinados a 5.200 hombres y mujeres privados de libertad, donde más del 80% de ellos no tiene sentencia ejecutoriada. Chonchocorito es una mole que está dentro de Palmasola, cuyo nombre técnico es PC-3  y que en el lenguaje de los presos se lo conoce como el lugar donde duerme el diablo. Por eso, cuando un nuevo preso llega a Palmasola, el policía de turno le pregunta: “¿Quieres ir al cielo o al infierno?

El cielo es el PC-4, el régimen abierto, esa especie de barrio dentro de la cárcel donde vive el 90% de la población carcelaria, metida en 32 pabellones y en cuatro iglesias evangélicas que prestan sus asientos para que duerman los que no tienen dónde caer muertos.
El PC-4 hace seis años que se ha liberado de La Pesada, ese grupo de presos que lo quería dominar todo, y ha impuesto su policía interna compuesta por cinco grupos, cada uno con 50 internos que patrullan día y noche para evitar que la ley del más fuerte se adueñe de la vida y de los bolsillos de los internos.
El infierno es Chonchocorito, una especie de Estado dentro de un Estado, donde hasta antes del viernes negro los que imponían su ley eran los líderes del bloque A y del B, compuestos por lo menos por 15 miembros cada uno.

Pero acceder al cielo tenía su precio. “Para no ir al infierno, el preso debe pagar hasta $us 3.000 al policía de turno”, dice un reo que está en el PC-4 y que cuenta que él dio una suma fuerte para no ser llevado al PC-3. “Si el reo es extranjero, la suma se multiplica y cuando se trata de un ladrón de bagatela baja hasta en un  50 por ciento”, dice.
Pero los que no tienen dinero son llevados hasta el ‘locutorio’, una especie de purgatorio, un espacio que debió funcionar como sala telefónica, con capacidad para 10 personas, pero donde llegan a vivir temporalmente hasta 80 reclusos hasta que decidan si aflojan el dinero para evitar descender a los misterios de Chonchocorito.
Entonces, los que no consiguen el pasaje que los lleve al régimen abierto, son trasladados al PC-3, donde supuestamente deberían ir los delincuentes más peligrosos, pero que, en muchos de los casos, terminan yendo los que no tienen dinero, por más que solo hubieran robado un teléfono celular. Esta realidad se develó tras los hechos del fatídico viernes negro, cuando entre las víctimas fatales y los heridos se encontró a personas que habían cometido delitos de bagatela.

Auteros desde ChonchocoritoEl poder también lo utilizaban para orquestar desde la cárcel el robo de vehículos. Así lo dice un preso que se salvó de milagro el día del incendio del 23 de agosto. “Yo era autero, pero aquí decidí ya no serlo. Varias veces los jefes de los reos me pedían que desde aquí ejecute atracos y yo me negué. Por eso terminé durmiendo en el piso”, cuenta y lanza otro dato. Los cabecillas suelen llamar a los ladrones de vehículos que están en la ciudad. Les piden que les hagan el trabajito y si se niegan los amenazan con que cuando caigan presos la pasarán muy mal en la cárcel.

El director del Régimen Penitenciario dice que Palmasola es parte del sistema capitalista. “Afuera todo el mundo quiere ganar plata en cosas ilícitas, en las cárcel esto se repite”, afirma.
El coronel Rolando Fernández, excomandante de la Policía cruceña, pregunta ¿por qué no se tomaron las medidas convenientes para parar estas irregularidades? “Es posible que algunos policías hayan incurrido en irregularidades. Lo que pasa dentro de las cárceles está bajo el dominio de los privados de libertad y ellos establecen sus reglas y los códigos del más fuerte, mediante la violencia, amenazas, agresiones, enfrentamientos o emboscadas mortales”.
El preso que está gritando de dolor en la sala de sobrevivientes, después me dirá que no ve la hora de curar su cuerpo quemado, pero que también teme que llegue ese día porque cuando eso ocurra dejará el PC-4 y lo trasladarán a Chonchocorito. No quiere descender a las oscuridades del infierno  
  Testimonios 
DE LA CAMA A LAS LLAMAS
Marcos

Ahora no quiero hablar del delito que he cometido. Si quiere le digo sobre lo que pasó el viernes. Ya era cantado, eso se veía venir. Todo mundo sabía que los liderazgos son cotizados. Hasta que estalló el problema. Era de madrugada cuando se escuchó el ruido fuerte, luego las llamas en la puerta y los gritos dentro de las celdas. Todo fue muy rápido primero, y después lento todo. No había en quién ampararse. Los presos éramos más que los policías.
MURIERON LOS AMIGOS POBRES
Raúl
Los que se escondieron debajo de los catres fueron los que perecieron. Lo hicieron pensando que eso lo salvaría, pero la madera ardió y para muchos ya fue difícil salir porque el humo también los intoxicó. Era gente que yo conocía, algunos de poco dinero, otros tenían alguito. Habíamos estado conversando un día antes sobre lo duro que era vivir en Chonchocorito. Yo no quiero regresar allá. La vida está en peligro y nadie hace nada.
AFUERA ESTABAN LOS MACHETES
José

Yo me vi envuelto en las llamas. Mojé una sábana en un balde de agua y me la puse en la cara. De mi celda a la puerta había solo cinco metros, pero fue como caminar cinco cuadras porque nunca llegaba a la salvación. Cuando salí me topé con los presos del bloque B, que me dieron con machete y con palos. Ellos me hirieron más que el fuego. La idea que tenían era hacer que los del A salgamos para darnos con todo afuera. Pero no todos lograron salir.
NADA CAE DEL CIELO
Efraín

Cada interno que llega a Chonchocorito paga mínimo Bs 1.500 tras que llega. Con ese dinero asegura su tranquilidad. Los líderes de los bloques esperan por hora que un nuevo reo sea trasladado al penal porque ese hombre significa dinero. Por cada nuevo preso, a veces se le da $us 100 al policía de turno. Muchas cosas se las hace en combinola. ¿Cómo se explica que haya droga, alcohol y armas dentro del PC-3? Sabemos que nada cae el cielo.
Cartas anticiparon que la bomba iba aestallar en algún  momento Hace un año exactamente que Yessica Ortiz sabía que a su esposo  Herland Arteaga Parada, el líder del bloque A de Chonchocorito, lo querían matar los líderes de la vereda del frente, los presos del bloque B. Así se lo hizo conocer a la Dirección departamental del Régimen Penitenciario en una carta fechada el 29 de agosto de  2012.

“He tomado conocimiento de que mi esposo Herland Arteaga Parada está amenazado de muerte por  los internos Herland Medina, Pedro Luis Banegas (Sindi)... Ellos están planeando y ofreciendo a los internos de los botes para que ingresen de manera violenta al recinto donde se encuentra mi esposo con la finalidad de victimarlo y tomar el control del bloque A”, señala en la carta.
Pasó el tiempo, Chonchocorito tuvo su viernes negro el 23 pasado y las pesquisas de los fiscales que investigan este caso señalan que los internos actuaron con total menosprecio a la vida, incluso  utilizaron garrafas con gas como lanzallamas y arrojaron bombas caseras con la intención de matar al líder del bloque A (Herland Arteaga Parada), pero como los internos de dicho pabellón protegieron a su líder, entonces terminaron matando a todos los del bloque.

El ambiente hostil también se vio reflejado meses antes, en mayo de 2012, cuando el mismo Herland Arteaga Parada envió el 28 de ese mes una carta al director del Régimen Penitenciario, en la que le dice: “Yo, de mi propia voluntad y sin presión alguna, renuncio a mi cargo de primer encargado del pabellón A del PC-3, debido a que me he descuidado en la atención de mi familia, y porque me he ganado muchos enemigos, que inclusive me han amenazado de muerte”.
En la parte final, Arteaga dice:
“En lo posterior estaré postulando para procurador, pero será más adelante, para seguir controlando la paz como hasta ahora”.

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